Wes Anderson es un estupendo
narrador audiovisual. Rara vez encontramos directores que convierten su relato
en una marca de identidad, un verdadero sello de autor reconocible al primer golpe de vista.
En esta ocasión, el director de Academia Rushmore, Los Tenenbaums, Fantástico Mr. Fox y Moonrise Kingdom vuelve a aportar una nueva obra a su
característica filmografía, un filme exquisito en forma, diseño y
realización: El Gran Hotel Budapest.
Poco puede decirse de una película de este director que no se haya
repetido ya en incontables críticas del resto de sus filmes. Cada plano es una obra
de artesanía cuidado
al más mínimo detalle, la combinación de técnicas y lugares de rodaje (maquetas
a la antigua, stop-motion, acción real...) y el
intercambio de formatos entre
diferentes espacios temporales confirma la finura con la que está realizada su
última obra, de la que hacen gala el resto de sus creaciones. Como un
verdadero orfebre que recuerda un poco a Georges Méliès en cuanto a la ambientación de sus
narraciones, el cuento de Anderson se despliega ante nuestros ojos con
elegancia y agilidad, jugando con las formas y filigranas de cada elemento y
utilizando una sabrosa paleta de colores.
La coralidad de todos los personajes no impide que dos personajes se posicionen a la cabeza del resto: Gustave el conserje (Ralph Fiennes) y Zero (Tony Revolori), el "Lobby Boy" protagonista de las historias narradas a la vez desde dos períodos temporales diferentes. Ambos comparten una química fresca y maravillosa que funciona tan bien en pantalla como el resto de aspectos formales del filme. El resto del extenso y lujoso plantel de intérpretes (Adrien Brody, Saoirse Ronan, Willem Dafoe, Edward Norton, Bill Murray, Tilda Swinton, Owen Wilson, Harvey Keitel, Jason Schwartzman, Léa Seydoux, Tom Wilkinson...) funcionan más como pasajeros de la historia que como personajes de peso dentro de la misma.
A pesar de su acertadísima elección de elenco y de su cuidada
estética, finalmente la forma del relato supera al contenido de la
historia. La estética externa de la película goza de mucha más
calidad que su fondo, su base argumental. Y esto, si bien se detecta sin
problemas viendo solamente El Gran Hotel Budapest, se
confirma al comparar este título con las dos anteriores obras de Wes Anderson:
una magnífica fábula animada con stop-motion (Fantástico
Mr. Fox) y un cuento de amor sublime en todas sus dimensiones (Moonrise Kingdom). Esta vez la historia
contiene escenas de humor muy bien realizadas y el filme se
salva por la elegancia con la que se construye, pero no existe ningún otro
componente que resulte novedoso o interesante (salvo el dúo del conserje y su
joven aprendiz) dentro del argumento en sí mismo.
CONCLUSIÓN: Wes Anderson crea de nuevo
algo para amantes de la delicadeza formal. Su contenido, salvado por cómo está
narrado, resulta finalmente común y poco interesante en algunas ocasiones, pero
el metraje no pierde el ritmo a pesar de esto. Ralph Fiennes y Tony Revolori
construyen una pareja fílmica a recordar junto con otras como Marty McFly y
Doc, Charles Chaplin y el Niño, R2-D2 y C3PO y el Capitán Kirk y Spock.


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